No llamó a la puerta, apareció. Flaca, huesos y lana sucia, pidiendo ayuda con la mirada.
Quizá sólo vino a eso, a morir en paz.
No pudimos hacer nada. Se fue tan rápido como vino, como una estrella fugaz. Vivió muy poco aquí.
Nos gusta pensar que no fue casualidad. Que consiguió escapar. Que una de esas estrellas que caían esa noche la guió hasta aquí para, por primera vez, dejar de ser un número.
Para morir libre.
Con nombre.
Con caricias.
Siendo alguien.
Te pusimos Perseida.
Vuela alto, pequeña. Sentimos que llegaras tan rota.